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Metamorfosis del saltamonte provocada por el hambre.

Imagínese a un inofensivo saltamontes, verde y solitario, comiendo calmadamente las hojas de alguna planta en algún lugar de África. Por casualidad se le acerca otro saltamontes y el primero, que prefiere comer en soledad, se aleja a otro sitio porque le disgusta la cercanía de sus congéneres. Lo mismo ocurre con miles de otros saltamontes que se mantienen aislados de los demás por ser algo antisociales.

De pronto se dan cuenta de que se les está acabando el alimento. Poco a poco comienzan a sentir hambre y el temor de que se les acabará la comida. Entonces ocurre algo digno de una película de horror de Hollywood. La falta de alimentos los obliga a concentrarse en un lugar. Las pocas hojas que quedan serán el lugar de encuentro de esta sarta de individuos antisociales. Y cambian. Pasan de ser seres solitarios a seres gregarios, súper sociales.

Alguna señal en el cerebro les ha dictado que más vale que si quieren sobrevivir deben mantenerse unidos. Es algo inevitable ahora. Sienten una compulsión enfermiza de mantenerse agregados en enormes grupos. Para colmo, cambian físicamente hasta el punto de que se vuelven irreconocibles con respecto a su apariencia anterior. De color verde pasan a un rojo cobrizo. Los detalles suaves se convierten en rasgos que inspiran violencia. Los pequeños saltamontes tienen la apariencia de monstruos listos para el ataque.

Ante alguna señal levantarán el vuelo. A ellos se les unirán cientos de miles de otros saltamontes transformados en langostas que se dirigirán a todo lo verde que encuentren para arrasarlo. Formarán nubes que ocultarán el sol. Aterrizarán sobre algún sembradío y en cuestión de minutos devorarán todo a su paso, para levantar el vuelo y repetir el acto parasítico. Es como si al pacífico saltamontes se le hubiera metido el mismo diablo por dentro.

¿A qué se debe un cambio tan profundo en la apariencia? La razón es anticlimática. Es una pequeñísima molécula que secretan en sus cerebros la cual dirige la gama de cambios que convertirán a Dr. Jekyll en Mr. Hide. Se llama serotonina y los humanos la producimos también. De hecho, en nosotros su poca producción ha sido asociada a casos de depresión emocional. Varios de los principales antidepresivos en el mercado, como Effexor XR © y Prozac © actúan manteniendo altos niveles de serotonina entre las células nerviosas (neuronas) del cerebro.

Un estudio reciente ha demostrado que cuando los pacíficos y antisociales saltamontes se encuentran en situaciones de poca comida, comienzan a secretar grandes cantidades de serotonina en sus pequeños cerebros. Esta dirige cambios en la conducta de los insectos que hace que se vuelvan más sociales. Serotonina activa una serie de reacciones fisiológicas en el insecto que hace que cambie su apariencia física.

El descubrimiento es reciente y apunta a la posibilidad de combatir los ataques de langosta en África y otros lugares que resultan frecuentemente en hambrunas. Descifrado ya el secreto del cambio, se pueden diseñar estrategias para evitar el cambio de simple saltamontes a endemoniada langosta.

En los humanos se ha correlacionado un bajo nivel de serotonina en el cerebro con depresión. Los estudios demuestran que la serotonina, un neurotransmisor, está asociado con las sensaciones de apetito, sueño, memoria y aprendizaje, estado de ánimo, conducta y función cardiovascular, entre otros.

Faltan muchos estudios por llevar a cabo. Además hay cientos de neurotransmisores en el cerebro. Pero no sería de extrañar que, cuando alguien actúa como si se le metiera el diablo por dentro, sus niveles de serotonina estén disparados por sobre lo normal.

De pacíficos saltamontes podemos convertirnos en langostas agresivas en cuestión de minutos. Por culpa de la serotonina, por supuesto.